Un proyecto de iluminación que no se planifica de forma adecuada va a dar lugar a una instalación que no cumpla los objetivos para los que fue creada o bien que, pese a cumplir con ciertos requerimientos lumínicos (nivel de iluminación requerido, uniformidad…) lo hace a costa de un elevado consumo energético. Sin embargo, un proyecto de iluminación bien pensado y planificado seguro que podrá aportar la misma solución a nivel de parámetros lumínicos, pero con mucho mejor comportamiento energético.
Repasemos a continuación las fases fundamentales que no pueden faltar en un buen proyecto de iluminación:
1. Análisis y definición de objetivos y necesidades del espacio
El primer aspecto para abordar un proyecto de iluminación es determinar de forma clara cuáles son los objetivos que pretendemos conseguir con el sistema de iluminación, que puede ser muy distintos en función del uso. Algunos ejemplos serían:
- Iluminación difusa para la creación de ambientes.
- Iluminación para zonas de ventas.
- Iluminación para actividades de alta precisión o con demanda elevada de luz.
- Iluminación localizada.
Cada uno de estos objetivos requieren de estrategias y soluciones diferentes, por lo que un mal punto de partida va a trastocar todo el funcionamiento del sistema de iluminación.
Otro aspecto esencial a analizar en esta primera fase son las necesidades de iluminación de cada espacio. Obviamente, no es lo mismo iluminar una cocina, donde se necesita una iluminación intensa y localizada en sitios concretos para cocinar o comer, que hacer lo propio con un salón, cuya iluminación puede ser mucho más tenue y relajante. Dicho de otro modo, las diferentes estancias y sus usos previstos son factores fundamentales que van a condicionar totalmente el plan de iluminación.
2. Zonificación y planificación de puntos de luz
La siguiente fase de un proyecto de iluminación es la zonificación, es decir, diferenciar entre distintos espacios con el fin de crear ambientes con diferentes niveles de intensidad y tipo de luz. Ligado a la zonificación se encuentra la planificación de los puntos de luz, lo que supone detallar cuántos puntos de luz vamos a colocar en qué lugar y de qué tipo.
El proceso de zonificación y planificación de los puntos de luz es complejo, puesto que implica el análisis de cada espacio, la definición de los tipos de iluminación, tanto a nivel general como focal y ambiental, y la elección de la ubicación idónea para todas y cada una de las luminarias.
3. Selección del tipo de iluminación
El siguiente paso consiste en elegir el tipo de iluminación más adecuado en función de los niveles de iluminación requeridos. También se analizará el cumplimiento de los objetivos que nos hemos fijado. Esto puede hacerse mediante un software de simulación lumínica, muchos de ellos proporcionados por el mismo fabricante o de libre uso, siendo el más común Dialux. Con estos sistemas de simulación podemos comprobar si alcanzamos los niveles requeridos, la uniformidad u otros parámetros.
Otra forma más rápida es usar tablas o gráficos de selección proporcionados por el fabricante, para cada tipo de luminaria. Con estas herramientas de dimensionado rápido podemos tener una primera aproximación, muchas veces muy exacta, de la solución adecuada.
4. Elección de la temperatura de color adecuada
La elección de la temperatura de color es otra de las etapas fundamentales de un proyecto de iluminación. ¿Por qué? Básicamente porque se trata de una cuestión imprescindible para crear las condiciones de iluminación que necesitamos en cada espacio, así como el ambiente que nos va a proporcionar bienestar y confort.
Como no existe una temperatura de color ideal, ya que todo depende del espacio y el uso que le vayamos a dar, lo aconsejable es elegir soluciones con temperaturas diferentes para cada estancia.
Se recomienda elegir luz cálida (2700-3000K) si nuestro objetivo es crear ambientes acogedores y relajantes, lo que la convierte en ideal para dormitorios o el salón, por ejemplo. La luz fría (5000-6500K) se considera adecuada para despachos o cualquier estancia donde necesitamos concentrarnos o realizar trabajos de precisión, como cocinar o coser. Por último, si lo que queremos es lograr un equilibrio entre ambas, la mejor solución es colocar luz neutra (3500-4500K), por lo que será la primera opción a tener en cuenta en el plan de iluminación de, por ejemplo, una oficina.